Enamorarse

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 5:08 p. m.

Sin saber nada de barcos tomé la decisión de abordar.
El capitán me recibió y yo temblé cuando vi en sus ojos
a la inofensiva bestia que siempre habitó al silencio de mi padre,
pero el capitán no era mi padre,
era un hombre perseguido por la idea del gozo,
resignado a comer solo hasta el día de su muerte.
Los días pasaron y comencé a aprender ciertos nombres:
proa, popa, estribor, babor.
La ausencia de tierra no era nada desagradable,
y en las noches, en medio del sueño,
el vaivén natural de la nave se encajaba
en las imágenes de mi cerebro,
y vi y sentí:
una mujer balanceándose sobre mi tórax,
enredando mi pene en el cuenco de su alma;
al desear que ese sueño tuviera sentido
quise mirarla a los ojos
y encontré un nubarrón negro, espeso como la saliva
que cuajó en mi almohada y desprende un olor a trigo húmedo;
desperté en mi camarote completamente solo,
afuera llovía y escuchaba el crujir de la madera
cuando resiente el azote del mar.
Durante el día lloraba en episodios,
de pronto, mientras reforzaba el nudo de alguna cuerda
o destripaba peces,
sentía la exhalación propia de la lágrima:
ese vibrar de carne que nace del cuello
y baja al ombligo para explotar en un jadeo
a veces púrpura y hueco,
otras áspero y alargado, como las letras de las cartas
que se escriben cuando se tiene mucho sueño.
Y el llanto se convertía en gritos y puñetazos en la almohada
cuando esa mujer volvía a desafinar el coro de mis sueños
para clavar con mi sexo la madera de su alma,
 cada vez con más furia.
Entonces llegó el frío, y con él, una hambre verdadera.
Desee estar en casa, pero entendí que una casa es el lugar
donde los sueños dejan de ser importantes,
lo entendí cuando, en la primer sacudida, mi ropa se empapó
con el agua que siempre estuvo bajo mis pies
y bajo mis sueños,
pero ahora con la furia de lo helado y todo lo muerto.
Un hielo azul, inmóvil en medio de la vida, desgajó el costado de mi barco.
El capitán lloraba y reía, todo al mismo tiempo.
Cuando el agua llegó a mi cintura recordé que tan poco sabía de barcos
que siquiera sabía nadar,
y en mis desesperados pataleos me di cuenta que estas piernas
jamás sirvieron de nada en mi viaje.
Me dejé ir, y sentí frío, y
creo
que morí.


3 de junio del 2014






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