Descubriste que eres poquito judía

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 1:40 a. m.

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Te extraño mucho
quiero comer
en ese restaurante chino
que está bajo tierra
y dormir contigo
y dejarte llorar cuando
te desesperas
por no poder hablar
y te extraño mucho
y a veces quiero morirme
cuando me acuerdo
del hotel de las letras
y nuestra habitación
de dos pisos
en donde te arrancaste
la uña del dedo gordo del pie
que luego besé 
despacito
porque me daba asco 
y me quiero morir 
porque mis amigos no
son mis amigos si
no estás tú con ellos
en ellos
extraño a juan y un poquito
a esas niñas que también
conociste en lavapies pero
las extraño contigo
tomándose fotos frente a portales
viejos que tu padre tocó
tu padre que resultó
no ser tu padre
cuando volviste a
tu país
pasaron cosas en
mi país
(ambos nos pertenecen)
descubriste que
eres poquito judía
(extraño que
administraras mi dinero)
yo casi me quedo
sin samuel
porque lo acuchillaron
(samuel va a estar pronto
en tu país
y yo no)
también descubrí que
la poesía es algo tan difícil
y tan divino
que si no amo 
no puedo acercarme
ni pensarla
ni extrañarla
pero te extraño a ti y te pienso
pero no puedo
acercarme porque ahora
tengo un trabajo y
un perro que se llama Pan
y una madre que mantener y
amigos a quien volver a amar
y no puedo acercarme porque
los vuelos son muy caros
y yo no soy
nada judío
soy más bien como
esos árabes que nos 
vendían cerveza en
la playa
soy ese indio
que sonrió cuando
le dijiste gracias en hindi
porque estuviste en la India y
estuviste en Turquía y en Turquía
dejaste de quererme tanto tanto
para sólo quererme un poco mucho y
yo en México
le decía a
mis amigos
ven era real ven nunca mentí era
real y pronto
estaremos
juntos y ahora
estamos juntos
yo en una oficina
estoy besando el dedo gordo de
tu pie que pisó el Everest y
tú en tu nueva casa
rodeada de plantas y muy sola porque
así te gusta
masticas mi corazón
y ya no puedo
escribir poemas como antes
porque antes no tenía dinero
y podía viajar y ahora 
tengo una tarjeta de débito
pero estás más lejos que
mis poemas 
más lejos que mis amigos que
escriben poemas de verdad
más lejos que este
sueldo que me permitió
comprarme un play station en donde
me olvido de ti y de juan y de luna y de la señora
ecuatoriana que encontró tu ropa 
interior en la estufa
y me compré tabaco de vainilla para liar
pero nunca aprendí
perdón por no poner mucha atención a eso
ojalá pueda verte pronto
otra vez
y ojalá pueda otra vez escribir poemas
que me hagan viajar 
por lo menos a un lugar que esté
cerquita de donde estés tú.

La trilogía de Jorge y Gloria

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 10:07 p. m.

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Cuando tenía ocho años y estaba en cuarto grado de primaria, mi amigo Mario encontró en la pequeña biblioteca del salón de clases un librito color pistache en cuya portada estaba el dibujo de tres niños y un perro. Mario, que durante dieciséis años ha construido conmigo la habilidad de la comunicación psíquica que nos ahorra la necesidad de comunicarnos con palabras, me dio el libro abriendo mucho los ojos y sonriendo. Lo leí y desde ese momento supe que me quería dedicar a lo que me he dedicado hasta la fecha: escribir.

El libro era Hjerte og smerte (og Taj Mahal) o Amor y Dolor (y Taj Mahal), título que lleva la traducción publicada por la Fundación Juan Rulfo. Por supuesto que a esa edad no me importaban editoriales, traductores o autores extranjeros de nombres impronunciables. Realmente no recuerdo muchas cosas que me importaban a esa edad, pero sí recuerdo dos: fortalecer mi amistad con Mario y entender esa cosquilla que sentía detrás de las orejas cuando pensaba en alguna niña que me gustaba.

Robamos el libro y lo leímos compulsivamente. Memoricé cada página, cada frase y cada ilustración. Cuando Emilio y Ernesto, dos gemelos de ascendencia africana que iban con nosotros en el mismo grupo se enteraron del robo, quisieron leerlo, y así, el librito del noruego, se convirtió en una fascinación en ese grupo de treinta y cinco niños de cuarto de primaria. Cada quien se lo llevaba a casa un par de días jurando devolverlo para que alguien más repitiera la lectura y, como era de esperarse, el libro terminó desapareciendo, convirtiéndose así en una luminosa referencia del primer acercamiento que muchos tuvimos a eso que se llama estar enamorado.

En mi adolescencia ya había llegado Cavafis, Byron y Nicanor Parra; hasta la fecha viven en mí y forman parte de algo que sigo construyendo. Pero ese librito que mi amigo Mario encontró cuando éramos niños siguió significando para mí un pilar, un deseo y un misterio. Pasaron los años. Terminé la preparatoria en artes, y al ver frustrado mi deseo de estudiar gastronomía a causa de la situación económica de mi familia, entré a la Facultad de Filosofía y Letras movido únicamente por y para la poesía. Hasta la fecha, esta decisión, por más llena de contradicciones que esté, ha sido la decisión más crucial en mis 24 años de vida.

La poesía me ha permitido viajar, conocer gente y tener algo de dinero en mi bolsillo. Pasé horas en Donceles cada ocasión que visitaba la Ciudad de México; ignoraba pláticas con amigos revisando sus libreros con la esperanza de encontrar el librito color pistache; desperdiciaba horas de útil ocio en Internet buscando alguna librería en línea que lo distribuyera; despreciaba otros maravillosos libros que se atravesaron en mi camino el tiempo que estuve en España a causa de la enorme frustración que sentía al no encontrar el libro de Haugen.

Tres encuentros cercanos tuve con este tesoro, el primero fue con Atenea Cruz, quien muchos años después me informó que el libro estaba, precisamente, publicado por la Fundación Rulfo y que "por ahí debe tener alguna copia". El segundo fue en Querétaro, donde una librera más joven que yo (tenía 19 años en esa ocasión) me dejó esperando dos horas mientras ella buscaba el libro, porque había jurado tenerlo en el sótano. Al ver que se hacía de noche salí de la librería y me la encontré tomando cerveza con un grupo de estudiantes de letras que, más adelante, negaron todo. El tercero y último fue en España, con Pepe, un famoso librero de Malasaña que me juró hacer lo posible por encontrarlo y enviármelo por correo. Por supuesto, ninguno de los tres acontecimientos tuvo algún desenlace.

Mi amigo Raúl Aníbal Sánchez me mandó este mensaje vía Facebook:

"Una primaría se inundó y rescataron la trilogía de Tormod Haugen. En teoría debe de haber miles circulando por ahí todavía. Te paso los scans de los últimos dos (amor y dolor, el que buscabas, y la continuación). El primero ya no está disponible, pero alguien hizo un video de youtube, jaja. Sé que no es lo mismo, pero aguanta. Los estuve leyendo, son hermosos."

Inmediatamente después, los enlaces para descargarlos.

Es muy difícil para mí intentar explicar lo que pasó por mi cabeza y mi corazón al releer este libro. Digo "difícil" porque dentro de mi cabeza y dentro de mi corazón es algo muy claro. Pude sentir como el recuerdo se activaba, y conforme releía ese libro luego de diecieséis años de no saber nada de él, sentía como en voz muy baja (para no fastidiar a mis compañeros de oficina) seguía la lectura pero de memoria, otra vez de memoria.

Tengo varios meses sin escribir poesía y no es algo que me alarme. Hay en mí dos grandes núcleos que palpitan en todo lo que hago, no sólo en el escribir, sino en el cocinar, en el hacer café, en el crear contenido para empresas. Esos dos núcleos son la interpretación de mi vida y la interpretación del mundo. Siempre he escrito motivado y fascinado por las cosas que no entiendo, el amor es una de ellas, todo el resto es todo lo demás. Si no hay amor en mí, no puedo escribir poesía y, por supuesto, esto lo sentencio a sabiendas que, como todo, es algo temporal.

El reencontrarme con la trilogía de Tormod Haugen es entablar una reconciliación conmigo mismo, con mi interpretación del amor y, posiblemente, con mi manera de ejecutar el amor en todo lo que hago. Es jugar con el Jesús de ocho años que jugaba Nintendo con ese Mario de ocho años. No sé si vuelva a escribir poesía como lo hacía teniendo quince, dieciocho o veintidós: probablemente no, y esto es algo que la mayoría de la gente que lee libros (no solo los míos) celebraría.

Ahora, tras leer y releer esta hermosa trilogía de Haugen, siento un deseo enorme de volver a escribir poesía como lo hice cuando todavía no bebía alcohol, cuando todavía no había pasado una noche afuera de la cárcel esperando a que sacaran a un amigo, cuando todavía no había hecho el amor con una chica cuyo novio volvía a casa en cualquier momento, cuando todavía creía saberlo todo. Entonces me quedo pensando qué tan malo es respetar las obsesiones, qué tan ilícito es timonear la vida a partir de una sola cosa. Quizá, después de todo, no sea tan malo vivir, escribir, hacer café y crear contenido para empresas movido única y exclusivamente por el amor.