Un poema de Robin Myers

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 9:29 p. m.

El brillo

Cavamos hondo en la tierra, Nina.
La cortamos.
No intentamos arreglarla.
Dando tumbos vamos hacia abajo,
colgamos luz donde no hay luz.
Hacemos todo para ir más rápido
de lo que iríamos en soledad.
Apuntamos nuestras pistolas a gente que no queremos matar.
A veces los matamos.
Empujamos a nuestros hombres al ring
y ellos se empujan entre sí hasta sangrar e hincharse.
Hervimos vivas a las langostas.
Azotamos a los adúlteros.
Nosotros somos adúlteros.
Desollamos ciervos.
Violamos monaguillos.
Golpeamos peatones que mueren al instante.
Morimos al instante.
Rebanamos nuestras córneas con láser.
Quemamos los huertos del vecino,
nos rajamos los muslos con navajas,
damos la espalda a nuestras hijas que sollozan
cada día del primer mes del primer grado
para que aprendan a abandonarnos.
Damos a luz, Nina,
damos a luz incesantemente.
Nos destruimos las cutículas,
explotamos montañas enteras,
olvidamos casi todo,
proporcionalmente hablando,
y deliberamos quiénes sí y quiénes no merecen vivir
en un departamento lujoso y nuevo,
y levantamos museos sobre ruinas
de pueblos masacrados, y a zancadas intentamos
pasar frente al que inhala pegamento y se convulsiona en la calle.
Inhalamos pegamento,
bebemos hasta decir cosas que no queremos decir,
e introducimos sondas en las tráqueas de nuestras abuelas,
y atamos muchachas a las cajas de las trocas
encima de un colchón,
y entintamos nuestra piel y perforamos nuestras caras,
licuamos hielo y se hace espuma, reventamos caballos,
desaparecemos, desaparecemos a otros, mutilamos verbos,
alejamos las cosas de la infancia
e ignoramos al hombre que alguna vez amamos,
y hablamos del amor en tiempos que no son el presente,
y nos lanzamos de los aviones,
y castigamos a los niños hasta que no puedan hablar nuestras lenguas nativas
y derramamos nuestros residuos al mar,
y mentimos, Nina.
y ahorcamos con las manos las gargantas de lo deseado
hasta que manos y garganta palidecen.
Lo hacemos.
Aunque también es cierto
que untamos blanda mantequilla sobre una hogaza de pan
con un cuchillo blando.
Confiamos nuestros huesos a los conductores de autobús,
las nucas a los peluqueros,
los lóbulos de nuestras orejas a las nubladas bocas
de amantes que podrán o no amarnos,
pero que nos acarician como si así fuera.
Raspamos la corteza del abedul con los dedos
mientras avanzamos.
Compartimos nuestra sangre,
damos paletas a los ancianos
para evitar que se desmayen cuando terminen.
Cuidamos los brotes de nuestras papas.
Esperamos.
Quemamos el arroz, comemos el arroz,
doblamos las orillas de las páginas,
buscamos un rostro único en los rostros pasajeros
y la encontramos, o no la encontramos,
y subimos con dolor la colina, y la resbalamos hasta abajo en trineo,
y cantamos apretando los párpados
y cerramos nuestras ventanas al desfile
para acostarnos juntos y escuchar lo que decimos
y dejar que el fuego de la casa haga lo que quiera
en las cosas que poseemos.
El no tener opción
no es el punto.
Anhelamos.
Confesamos hazañas que no hicimos.
Lavamos nuestros pies.
Reímos hasta la náusea.
Dejamos que la tortuga avance.
Tenemos la certeza de estar en lo correcto.
Llegamos, lo cual es una manera rara de decir
que partimos,
con un gozo que puede ser desolador
si no fuese tan gozoso.
Nos han dicho que debemos soportar la alegría
para después poder soportar la desolación.
No,
Nos han dicho que debemos soportar la desolación
para después soportar la alegría.
No.
luchamos contra lo que podemos soportar.
No,
no sabemos lo que podemos soportar.
¿Verdad?
No lo sé, Nina.
No lo sé.
He visto a un estudiante caer de rodillas
en postura de oración
o traición
o de cartílago roto durante el juego de futbol.
¿Qué es lo que sé?
He visto a una anciana forcejear
contra un abrazo
en un gesto de rencor
o de tristeza
o deseo muerto
o artritis reumatoide
o por extrañar a su madre
o por viejos terrores que vuelven
¿y qué Nina, qué podemos hacer?
Hacemos lo que podemos
No –
conozco
a un hombre que
hace años
se postraba a la orilla de la autopista
para sentir el paso de los tráileres y aquel soplo
movía su cuerpo, para sentir el campo de minas
entre la línea amarilla del asfalto y sus dos pies.
La mina. El campo.
¿Cómo llega el cuerpo a donde el mundo
le ha dicho que no se viaje?
Te pregunto.
Nuestras opciones, a fin de cuentas, son pocas.
Amo a este hombre cuyo cuerpo dijo
no quiero
irme.
Y te amé a ti,
que te fuiste.
Es un "te amo", no un "te amé", amiga;
perdóname.
No sabemos
lo que hacemos,
como pasmados ante
el verde maizal que brilla sobre el campo,
como un pie sobre la mina,
nos vamos, nos vamos, nos vamos,
Nina.
Brillamos




Robin Myers (Nueva York 1987). Es poeta y traductora. Licenciada en Literatura Inglesa por el Swarthmore College en Pennysilvania. Miembro desde el 2009 del American Literary Translators Association (ALTA). Sus traducciones, así como sus propios poemas traducidos al español, han sido publicados en numerosas revistas como Tierra Adentro, Letras Libres. Ha vivido en Estados Unidos, Palestina, Buenos Aires y actualmente reside en México DF.

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