Palestina Aguascalientes

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 1:30 a. m.

Para Robin Myers

Soñé
que la nieve caía sobre mi espalda
en un brillante mediodía
y yo estaba desnudo.
Estas son las calles donde mi voz de niño
retumbaba entre los sicomoros;
antiguos cerros tapizados por las casas
donde jugué con otros poetas
que también se sueñan como niños;
colinas cuyo pico eran un fin del mundo
que usábamos para sentir la velocidad
de nuestras piernas,
en lugar de sentir el vértigo de la muerte,
el vértigo de poder verlo todo.

La nieve mordía mi espalda
como pequeños besos de fuego
y entonces pensé en mi mujer
y pensé que el amor es ese instinto
que te obliga a querer delirar
en el mundo de las palabras
explicando lo hermoso de la vida:
ese momento donde todo lo grande se hace pequeño.
El amor es poder delirar
ante ese alguien
que tiene dos ojos que te miran
y no parpadean.

Entonces corrí cuesta abajo
y en el trote formulaba en mi lengua
la estructura de ese milagro:
el milagro de mi desnudez
resintiendo alegremente el azote del frío
y el agua,
pero al llegar a ese sitio del sueño,
donde no hay gobernante,
desperté,
sentí a mi mujer lejos,
como ahora;
la vi invisible
con estos dos ojos bien abiertos
que miran mis axilas cubiertas de carbón,
mis brazos de hombre que ha cargado
con demasiada alegría
el placer de no pensar demasiado;
vi este pecho
extendido por la música de las circunstancias:
cobra que se aterra ante la música de una flauta,
pero se ensancha
como los brazos del niño
que se abren cuando el aire helado de la nieve
pasa por sus axilas y su pecho y sus brazos
al bajar por la colina,
y está bien,
está bien tener miedo:

las autopistas que nos han llevado
a este hermoso lugar
son cobras negras
en cuyo lomo nos resbalamos
sonrientes,
como niños que alzan los brazos
para sentir en cada rincón de su carne
al aire helado del desierto.
Pero entonces llegamos a una ciudad
(Palestina o Aguascalientes)
y es agrio saber
que a la ciudad no le importa
nada de ese delirio
que sube y baja
por las colinas de nuestro corazón,
y está bien,
porque al final de todo
(del llanto o el juego
o el grito o el poema)
estamos en la punta de ese cerro
dispuestos a correr hacia los brazos
de ese milagro hecho carne y hueso
al que amamos
aunque ya no exista ni en nuestros sueños,
mas nos espera
también
con los brazos extendidos.


Aguascalientes, 30 de octubre del 2014



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