Siroco (capítulo I)

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 1:49 a. m.

Imagínate que de pronto se escuchara esa canción en toda la ciudad dijo ella balanceándose de adelante hacia atrás, con sonrisa autista, frente al estereo. Con la mano derecha seguía el compás de ese piano sencillo, melancólico, judío. Darío contaba las flores que adornaban las sábanas de aquella cama mientras escuchaba con desgano la dichosa cancionsita. Invariablemente imaginó el maniático frenesí de la ciudad contrastando violentamente con las notas de ese piano adormilado y perezoso. Amanda guardaba silencio para de vez en cuando perder el anonimato de sus pensamientos con alguna risotada. Ella se recuesta sobre el colchón y cubre con su cuerpo un par de decenas de flores que Darío no había tomado en cuenta. Indiferente, Amanda entrelaza sus manos para usarlas como almohada, mirando el techo y con voz de niña pregunta ¿por qué no te haz ido?, Darío ríe y su risa rasca la piel de esa noche tan rara, mira el cuerpo de Amanda y ve como el aire que la rodea se endurece, puede ver como su mirada se encaja en ese techo lleno de estrellitas de plástico. Termina el piano y comienza una trompeta que acaricia el suave escobilleo de una batería mal grabada. Darío camina hacia la puerta a paso lento, no para irse, no para acudir a la fría agua del lavamanos y espantar el sueño, no para asaltar la cocina y robar leche de aquel refrigerador ruidoso. No. Caminó hacia la puerta como lanzando un par de dados hacia un tablero lleno de posibilidades apaga la luz ordenó Amanda en tono conciliatorio y es que el interruptor estaba a lado de esa puerta blanca, Darío no se emocionó porque sabía que la repentina oscuridad de ninguna manera sería la catapulta de algo más profundo... tal vez un beso, tal vez otro cigarro paseándose de mano en mano, tal vez algún otro monólogo. La luz se va y la trompeta le abre paso a un contrabajo brutal que hace mancuerna con unas percusiones que bien podrían ser las palpitaciones de esa misma noche, pero Darío y Amanda endurecían el rostro para que una verdadera risa o un verdadero llanto no diera evidencia de ese fuego que comenzaba  a crepitar.

(Ya alguien había llorado. Darío, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, contó cigarro en boca y con lujo de detalles toda una infancia llena de derrotas. Los viernes eran para mí una incertidumbre, prefería dormirme temprano antes de esperar la madrugada porque él siempre llegaba de una manera impredecible. Pero gracias a eso desarrollé un don ... Darío nunca se fumaba el cigarro entero, alegaba que llegaba un momento en el que sentía el sabor de su carne, de sus uñas. Apagó el resto usando la suela de su zapato y rápidamente prendió otro... por ejemplo, hace rato que fuiste a comprar cigarros pude interpretar el sonido de tus pasos regresando al cuarto, pude descifrar tu estado de humor según la velocidad con la cual cerraste la puerta, incluso pude advertir tu molestia de que yo esté aquí por la velocidad de tus movimientos. Amanda no lo miraba a los ojos, le miraba la frente porque en alguna ocasión leyó que al mirar la frente de tu interlocutor le dices algo así como ''me importas, te escuho, pero tengo miles de cosas más en la mente". De cierta manera le agradezco a mi papá tantas noches así porque me obligó a convertirme en un pinche adivino. Una noche llegó y mientras cenaba empezó a gritar que nos salieramos de la casa. Yo sabía que pasaría algo así porque llegó con paso pasmoso, pegajoso, cerraba las puertas lento y fuerte. Gritaba que nos salieramos a la chingada de la casa que él mantenía y yo lo escuchaba abrazándome bien fuerte de algo invisible. Darío enciende el estereo sin revisar los discos, da play, un blues negro y sucio escurría de los parlantes. Amanda ya lo miraba fíjamente, como atravesándolo. Yo sabía que no me iba a poder dormir hasta que él se durmiera y todo eso implicaría escuchar su monólogo etílico hasta que se cansara, no por decision propia, carajo, tenía ¿ocho años? no me quedaba de otra. Después de corrernos de la casa comenzó a describir a una de sus alumnas, escuchaba cómo se relamía los labios y gemía entre adjetivos. Ahí comencé a llorar y mi papá se calló. Amanda gateó hasta donde Darío estaba y se sentó a lado de él, recargó su nuca en la blanca pared y con un ademán le pidió un cigarro. Mi hermano salió de su cuarto y me cargó, me acostó a lado de él y empezó a decirme muy tranquilamente lo que pasa en el cerebro de los humanos cuando uno se pone borracho, habló mucho y en esa época de mi vida yo no conocía las palabras 'dendritas' o 'simbiosis neuronal', mi hermano tampoco las sabía, pero las escuchó alguna vez en sus clases de prepa y las dijo para que me calmara, no sé si me calmé, no me acuerdo. Pero me dormí. Amanda lloraba agriamente, su filosa nariz rozaba el cuello de Darío. Era un llanto verdadero, no era un llanto de niño de ocho años. Era un llanto definitivo. Un llanto con mocos, con agua y con sal. Un llorar silencioso que se alojaba en el cuello de un Darío preocupado, Amanda lloró durante dos canciones y sus lamentos se mezclaban con los lamentos de esa mujer negra que ahora vivía dentro de los parlantes)

Las estrellas de plástico brillaron. Su fluorescencia le dió a la habitación un sabor verde. Amanda abrió el armario a oscuras y sacó su ropa de dormir. Salió del cuarto para cambiarse en el baño. De pronto Darío se encontró solo en ese cubo lleno de luz verde y trompetas tristes. En su vientre temblaba una herida que apenas se estaba abriendo. El pudor de Amanda ante la desnudez fue para Darío un respiro, un pedazo de cama que ya tenía su nombre. Se despojó de los zapatos y la chaqueta. No había comido nada en veinticuatro horas, una especie de náusea le adormilaba las extremidades. Quería morirse besándola. Antes de recostarse apagó la música. Sintió como una nueva familia de olores se bautizaban en el interior de su nariz. Estaba a punto de amanecer. Encendió una de las mitades de cigarro que guardaba en las bolsas de su pantalón, no para ansias futuras, sino para no crearle más basura a Amanda. Recostado se fumaba las uñas y entre el silencio del casi amanecer y el sonido de sus tripas crujir escuchaba a Amanda cepillarse los dientes. Clavó su atención en cada sonido intentando entender lo que podría pasar después. Las hebras del cepillo acariciaban suavemente los blancos molares creando una música (otra música) que comenzó a arrullarlo. Por unos segundos Darío creyó que Amanda dormiría en el baño porque no se escuchó ruido alguno. Algunos pájaros comenzaban a trinar horneando un poco el frío estupor de ese amanecer. Amanda entra al cuarto, sin velocidad, sin pasmo. Lo mira como con culpa y ansia, se escucha un suspiro. Amanda recuesta su cuerpo de araña empapada a lado de Darío y los dos le huyen al desmayo del cansancio.

Pasan los minutos. Derrotado por el tiempo Darío quiere esperar a que amanezca para tomar su mochila e irse. Escucha como su Amanda ronca bajito, dándole la espalda. Él se siente su sombra. Aprieta los ojos para evitar el llanto y evitar la vergüenza del llanto, evitar el escándalo del llanto, evitar las explicaciones del llanto. Amanda se gira y lo rodea por la cintura. Sigue roncando. Darío solloza sonriendo y se duerme, empapándose en ese abrazo y quemándose con todo el fuego de ese amanecer que ya anunciaba el rugir de los primeros automoviles.


Veintiuno de Marzo del 2011






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