Carta que bien puede divirse en dos y de tal manera demostrar las maravillas de la hermenéutica

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 2:07 a. m.

No aoy yo quien se intoxica
es mi cuerpo

- Jean Cocteau  

Nada más a éstas horas
me dueles.
Únicamente en estos ratos
donde el cielo se confunde,
tu rostro me resulta
equivalente
a una cucharada de clavos
o un certero golpe
en los genitales del alma.

Pero me alegro de saber,
flaca,
que mañana por la mañana
me serás irrisoria
tú y tu vocesita
de niño asexuado
incluso en la ducha,
y al masticar mi frugal desayuno
la rigidez de tu rostro
al sonreír
no se formará
en el asqueroso humo
del primer cigarro mañanero.

Y al llegar a la escuela
te buscaré como por inercia
pero sin ganas.
Entre clases recordaré
esas discretas manchas de sudor
que coloreaban tus tibias axilas
pero sin ganas.
Quizá sonría
cuando por accidente
alguien diga algo que te haría
reír a ti,
pero reiría sin ganas.

Con el sol
no hecho de menos
tu andar de militar con diarrea
ni cuando hacías algún chiste
- en esa melodía de infanta
cuyo Electra aun sigue verde -
sobre mi manera
de imitar tu voz
tan provinciana:
achicharrada.

De tu oreja cuelga,
flaca,
la última hoja de parra.
Esa que cubrirá mi rostro
cuando no quiera verte
por algún enojo
que probablemente
ya se esté creando
en algún lugar
de mi páncreas.

Pero ahora sí
(Y fíjate bien,
flaca,
como éste poemucho
se las da de intrepido
queriendo sostener tu atención
colocando innecesarios paréntesis
a la mitad de alguna idea
probablemente importante)
y que quede claro:
hoy me hiere ver esa foto
donde tu noviucho
insostenible
emplastado
moradiento
recargado
coloreable
edipodrómico
neurofrénico
ordeñable
inalcantaillable
anodino
enviolonado
carnívoro
fosfóreo
pendejeable
alambreado
niebloso
aliterado
omnibulante
colmillerio
y tartaurraco
te abraza como sabiendo
mis dieciochoañeras intenciones.





Veintinueve de Marzo del 2011

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