Una guitarra eléctrica, una videocámara, una enorme bolsa de Doritos

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 12:14 a. m.

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Tu primer correo electrónico se llamaba klaca10@hotmail.com
klaca porque eras delgada y diez porque tenías diez años.
La última vez que escribí un correo electrónico a esa dirección
estaba en un aeropuerto, aprovechado los treinta minutos de Internet gratuito.
Antes de enviar ese correo, tú me enviaste un poema. Tomaste una
foto directa a la pantalla, a la aplicación de bloc de notas.
En ese poema hablabas de cómo tu amor es una estampida de caballos,
y de cómo mi aliento es como el de una alacena repleta
en donde alguien dejó un frasco de comida abierto.
También hablabas de cómo fumo, de cómo me tomas la mano,
incluso entendí que llegaste a hablar de mi amigo Juan,
su coleta, y también del tipo que nos abordó en esa terraza oscura
en Barcelona, y sólo hablaba de los cómics que ha leído.
A mí también me cayó bien.

A los doce me engañaste con un tipo que se llama Martín. Vi sus
fotos. Traía ondita skinhead y era, indiscutiblemente, mucho muy feo.
Lloraste y yo dejé la compu encendida y me acosté boca abajo,
mi padre llegó y jugamos juntos Medal of Honor. Él siempre escogía a los rusos.
Creo que no hablamos por meses. El banco llegó a quitarnos la casa y
el Internet se fue. A veces, en la habitación de un amigo rubio o un amigo
que tenía mucho aumento en sus anteojos, usaba una computadora muchísimo más
cara que la que tenía yo en mi sala. La de ellos era negra y la
pantalla era muy delgada. La mía era color hueso, color leche ágria; la pantalla pesaba
lo mismo que todo mi cuerpo. Yo era muy delgado, y lo sabías. Te gustaba
sentir los huesos de mi espalda. Pero mi primer correo electrónico no se llamaba
klaco08@hotmail.com. Era una abreviación de mi apodo, y nada más.

Luego me pediste perdón y en ese entonces para mí era fácil dar cosas
que no podía entender. Gasté treinta pesos diarios durante ocho meses sólo para
hablar contigo, y lo apreciabas. Treinta pesos en ese entonces eran poco más de tres
dólares. Quizá, de haberlo ahorrado, pude haberme comprado una videocámara,
pude haber comprado una guitarra eléctrica, pude haber comprado muchos Doritos.
Pero me hiciste gastar eso, y una tarde, en donde debí pagar diez pesos más,
dije mi primer cumplido de amor: te dije princesa, y tú luego respondiste
con una broma nerviosa y tonta sobre Cenicienta. Años después, mientras
tu ropa empezaba a dejar de ser negra, alguien me prestó una guitarra eléctrica:
no me gustó; me veía idiota. Luego tuve una cámara en mis manos, pero resultó
más aburrido de lo que pensaba. Hoy compré una bolsa grande de Doritos, y un vino
de Chile, que en el efecto espejo de la fotografía parece que se llama HABLA SATÁN,
pero no, se llama Santa Alba.

El sobre que me mandaste llegó roto, como si alguien lo hubiera perforado
con un cuchillo. Rasgó un poco la foto en donde sales vestida de bruja, abrazando
a tu padre. A tu viejo. Al franquista ese que me veía por detrás de tu hombro todas las noches.
Esa noche jugué Medal of Honor con mis amigos, yo escogí a los franceses. Luego de perder
saqué de mi billetera ese envoltorio de plástico en donde pusiste un cartón rosa que
olía a ti. Olía a vainilla y eneldo y humedad. Ahora hueles diferente, a pasto quemado por
el frío, a fernét, a esas flores que a veces fumas para tener sueños lúcidos. Tu carta también
tenía olor: a aeropuerto. Te escribí algo muy largo en ese aeropuerto, con tu carta
de tinta púrpura todavía en mi manita de niño sin dinero, sin Internet, sin videocámara,
sin guitarra eléctrica.

Ya no puedo sentir dolor. Sólo puedo sentir enojo, hambre, ganas de tener sexo y paz. Mi regalo de San Valentín para ti es esa garantía: no hay dolor. Y mientras habla Satán tú fumas frente
a un teatro para ciegos, en ropa de verano, pensando en tus plantas, en tu hermano,
en los viajes, en el dolor. Pero no en mí. No piensas en mí como siempre hasta que aparezco hecho palabras, como siempre: cobardón, bobo, débil, sonriente. Y cuando me miras, siento que estoy tocando el mejor solo de guitarra de la historia; siento que estoy filmando un nuevo alunizaje; siento que lleno cualquier expectativa, a pesar de ser, aún, ese niño de espalda huesuda que
no sabe ahorrar dinero.

Te escribí un correo en donde te juré jamás volver a sentir dolor. Ese correo era muy parecido a todo esto que acabo de escribir, salvo pequeñas excepciones estilísticas y una que otra mentira.









12:13am
Chihuahua



Guadalajara está bien

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 4:25 p. m.

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En un mundo en donde la inteligencia, la especialización y la obsesión, lejos de ser atributos de una personalidad atractiva, resultan ser la excusa perfecta para querer estrangular a alguien, en ese mundo ruin y oscuro, existen lugares como El terrible Juan y Palreal. Con la mano en la cintura y alrededor del país me han recibido baristas, mixólogos y cocinerillos que, creyendo que su conocimiento es quien los eximirá de cualquier prepotencia, dan lujo no sólo de una mediocridad profesional, sino humana, y tristemente soy de esos cursis sigloveinteros que esperan, mínimo, un trato de empatía. Alguien que mete comida a tu boca debe ser una persona decente.

Guadalajara me recibió con la sorpresa de que, al parecer, ya es una metrópoli. Carga ya todos esos encantos que presumen las grandes ciudades: olor a cañería, caos vial, señores trajeados que se refieren a los hondureños como "palomas llenas de enfermedades", una Feria Internacional del Libro... Fue mucha mi sorpresa cuando, buscando ayuda en Reddit preguntando dónde comer y beber, más fueron las respuestas de "lo que sea, aquí todo es mierda", o "ve a un mall pitero, busca a un chino y que te atasque un plato desechable de carne con glutamato", o "estos provincianos y sus preguntas pendejas". Quizá eso haya sido un lamentable despropósito que contaminó mis primeros días aquí en Guadalajara; tras cuatro años de no visitarla (y cuatro años en donde, espero, me haya educado como alguien que más o menos sabe buscar calidad y experiencias) me dio tristeza ver y sentir que la gente aquí ya carga esa mirada cosmopólita, soberbiona y mensa, mirada que, por supuesto, viene de saberse alguien importante en un país que siempre ha querido sentirse importante.

Mi primera noche, maníaco y feliz, busqué un lugar donde beber. Encontré una cervecería especializada en artesanales locales. Patán Ale House, chelitas curiosas, trato seco, lugar bellísimo. Uno de los meseros, compatriota chihuahuense expatriado, feliz de escuchar mi acento, habló de lo mucho que le falta a nuestra tierra en el complejo y ancestral arte de la cerveza artesanal, luego corrió porque en el segundo piso un grupo de escritores borrachos no dejaban de pedir servicio. Luego fui con ellos, la pasé bien.

Fui temprano, muy temprano, a el Terrible Juan, más por accidente que por convicción. Buscaba una farmacia y de pronto ahí estaba frente a mí, con sus personajes predecibles: gringos hablando por teléfono a gritos, güeros tapatíos hablando en inglés a gritos, hombres flacos, de edad indescifrable en ropa deportiva bebiendo kombucha desde un termo. Apenas al entrar ubiqué a Juan, y no resultó terrible. Luego de presentarme y de reconocerme como alguien cercano a Kaldi, el no tan terrible no paró de hablar de café, pero aquí lo extraño fue que, dentro de su plática, había algo que casi no se ve en un barista: hacía preguntas. Tomé un espresso, un machiatto y una v60. Las tres opciones me dieron cosas complejas pero bien identificables: una extracción larga, porque a Juan le importa una mierda, un tostado sin mucha preocupación, pero que cumple con las exigencias de un grano de primerísimo nivel. "El proceso es lo importante. Pero más importante aún es que cada trabajador lo entienda". Y tiene mucho sentido: los procesos de entrenamiento en cualquier lugar que trabaje con un producto de alto nivel siempre son mecánicos, homogéneos, restrictivos. Juan entiende que aspectos tan impredecibles como el clima, el proceso de traslado e incluso el estado anímico del empleado influyen en la taza. Entonces es necesario que cada persona que interactúa con cada elemento importante del café, sepa la influencia que tiene. Al escucharlo sentí ganas de darle un abrazo, pero no lo hice. Salí feliz, porque el no tan terrible Juan me dio una esperanza, la de saber que aún hay gente obsesionada con algo tan pequeño como un grano de café, pero que esa obsesión no lo convierte en un perfecto y completo idiota.

Al día siguiente, con ese bajón depresivo que sólo puede dar un Airbnb que no permite fumar, me dediqué a revolcarme en mi miseria viendo noticieros tapatíos hasta que mis obligaciones me hicieron, gracias a Dios, salir de esa habitación. A pesar del desplome de serotonina, seguía en mi mente una promesa que me hice apenas aterrizando del avión: no comer tortas ahogadas. "Carne en su jugo" me dijo un conductor de uber cuando pregunté qué debía comer acá. Luego se dedicó a refunfuñar sobre López Obrador. Me cayó bien. Por azares del destino tuve una comida en una franquicia famosa por tener el Record Guiness del servicio más rápido del mundo, Karne Garibaldi. Su especialidad es esa, la carne en su jugo, que no es otra cosa que un estofado medio lento, salado, con tropiezos de frijol, tocino y chicharrón. El caldete resultado de la cocción es ácido por el tomatillo y salado al final. Un cocido de abuelita un domingo en donde los tíos están borrachos desde temprano. Perdón, tierra de Alejandro Fernández, pero tu plato tradicional es más o menos igual de soso que tus noticieros.

Si algo me enteré al hablar con meseros, hostess y demás gente tapatía, es que aquí todos están demasiado seguros de lo que están haciendo. Ese nivel de exactitud intelectual me abruma, por no decir que me inspira desconfianza. Ocurre que en los platillos más tradicionales, las recetas cambian de forma mínima, pero la constante es que el tapatío está obsesionado con la acidez. El taquero desdentado y encantador que me atendió el Taquería Chapultepec, al preguntarle por qué aquí a todo le ponen una salsa de tomatillo, responde sonriente "para no parecernos a la comida del DF". Si ese es el motivo, exijo que el gobierno de Jalisco lo grabe en piedra y se convierta en un mensaje primordial de su Secretaría de Turismo.

Unos chilaquiles cumplidores en el Café Cachemira se vieron profundamente afectados por la pareja que tenía al lado. Mi inteligencia emocional es la de un refrigerador y no pude mantener la paz los cuarenta y cinco minutos que pasé al lado de ellos. Trataban a la mesera con displicencia, hacían gestos de disgusto al saber que el menú no tenía miel virgen de abeja y que las opciones vegetarianas tenían productos lácteos. Su pastor alemán no paraba de ladrarle a los otros comensales, a lo que ellos decían "es que la gente la está poniendo nerviosa a propósito". Me fui de ahí, nuevamente, creyendo que el comensal también se debe educar para no ser un niño de seis años.

Antes de un desencuentro con la policía en una pulquería de barrio cuyo nombre se me escapa, pero era algo en náhuatl, cené un choripan con verduras asadas que me levantó el ánimo. Sencillo, rápido, pero lleno de esa preocupación por la calidad que tienen los dueños de los pequeños bares, preocupación que nace, precisamente, de una sabiduría ancestral y etérea: el saber que asar al carbón, y al aire libre, provoca un placer primitivo, platónico, en sus comensales. Sin aspavientos ni ocurrencias: un pan resistente a la grasa que suelta el chorizo argentino, untado en un chimichurri lo suficientemente potente como para cortar la intensidad de la carne en el momento justo. Ellos no saben esto, como lo puede saber un argentino que ha pasado toda su vida asando embutidos, o como lo puede saber un miserable como yo, que se preocupa por ese tipo de frivolidades. Ellos lo hacen porque lo prueban, y sin conocimiento de causa, sienten que funciona. Por cierto, el pulque de mazapán estaba bastante bien.

A excepción del choripán y los cuatro tacos de lengua, mis comidas en Guadalajara habían sido, hasta ese momento, decepcionantes tirando a tristes. Incluso llegó a pasar por mi mente la ingenua pero luminosa idea de que en Chihuahua se come mejor que en Guadalajara.  Quería estar equivocado, quería una respuesta, un regaño, un apretón de oreja. Y lo tuve.

Mi obsesión por el café me da vergüenza, pero nomás poquita. Afianza aún más el enorme lugar común que vivo y significo, ¿pero qué le voy a hacer? Por lo menos no estoy obsesionado con la cerveza artesanal, o el futbol americano. Guadalajara era, en ese primer momento cuando intenté ser barista, un punto histórico del café por el ya mítico 5pm de Fabrizio Sención, barista condecorado, ícono de los entusiastas del café, tótem viviente de lo que van por ahí en la calle con bigotes raros. Luego mi amigo Óscar Guillermo, dueño del Marro y el dueño de Kaldi, Saúl Murillo, no paraban de hablar de Palreal y de El terrible Juan. Y si esos dos hablan mucho de una sola cosa, es que algo va muy pero muy bien por ahí.

Limpiando mi airbnb para que no hubiera sospechas de que rompí dos de sus cinco reglas principales, recibí una llamada de Óscar, llamada que resumo en una frase: "no te puedes ir de esa pinche ciudad sin ir a Palreal", y entonces lo recordé. Las horas que pasé viendo los livestreams de los campeonatos mundiales de barismo, las horas que pasé viendo entrevistas a japoneses, australianos y estadounidenses que le han dedicado su vida a conseguir la taza perfecta. Recordé a Fabrizio, a quien probablemente nunca lograré conocer. Recordé que Palreal es también parte del esfuerzo que el barista de 5pm ha hecho para que el café mexicano tenga un lugar importante en el mundo. Entonces llegué a Palreal y toda la decepción que esta ciudad me estaba dando se limpió como con una disparadora de agua a presión, se fue, y tengo que hablar de ello.

Inmediatamente me atendió Tania en barra. Pedí hablar con el barista y apareció Mateo, un colombiano que, además de ser insoportablemente guapo, es uno de los mejores baristas que me ha atendido. Lo primero que noté en todo el local de Palreal es el neurótico nivel de exactitud que tienen en cada proceso. Mateo limpiaba la tolva del molino de café cada quince minutos; absolutamente ningún lugar de la barra estaba en desorden. La máquina de espresso era aseada de manera mecánica luego de cada uso. Veía a Tania hablar con los clientes, siempre haciendo las preguntas correctas: "¿cómo te gusta tu café?", "¿es la primera vez que nos visitas?", "'¿gustas que te recomiende algo?". Mateo sacaba tazas con la perfección que se espera de alguien que trabaja en un café donde Jorge Sotomayor y Fabrizio Sención son socios. Primero ordené un machiatto, el grano en tolva es de Ajijic, Jalisco. Mateo lo entregó en una preciosa taza de porcelana verde y al ver el contenido recordé la única plática que tuve con Carlos de la Torre, famoso por salir del mítico Café Avellaneda y ahora capitán de Café con Jiribilla. Sus palabras fueron "el arte latte compromete, a veces, la calidad de una taza". Mateo me dio un machiatto espumoso, con burbujas de aire y prominentes manchas de espresso que no alcanzaron a emulsionar bien con la leche. Nada de rosetitas, corazones u otras ocurrencias. Beberlo fue, en pocas palabras, como comer un puñado de corn candies, esos dulcesitos de Halloween: mucho caramelo, cero acidez. Al enfriarse, apareció un tenue golpe de cerveza y pan. Al decirle esto a Mateo él se encogió de hombros y sonrió. Mejor respuesta no me pudo dar, mejor así.

De pronto, toda mi columna vertebral se sentía como si un chorro de agua fría cayera alrededor de ella. Estaba maníaco, feliz, quería más y tuve más. Tania advirtió mi estado, quizá porque mis ojos eran como los de Maradona cuando recién llegó a Culiacán. "¿Quieres probar la comida?" y luego apareció frente a mí una torta de lechón confitado y una encacahuatada con chicharrón y queso cotija. Contundentes platos muy seguros de sí mismos, donde se ve la mano de un cocinero que no quiere ocultar cosas, sino todo lo contrario: cada ingrediente, cada cambio de ritmo por los sabores, cada textura, estaba perfectamente bien cuidada, bien medida y bien diseñada. Sospeché de un producto fresco al no sentir ninguna presencia de sal añadida, y por supuesto, nada de químicos potenciadores de sabor. El rábano de la encacahuatada tenía ese dulzor anisado que tiene el rábano fresco. El lechón, más que un protagonista, era un conductor. Como dijo Reese Wilkerson en algún capítulo de Malcolm el de en medio: "la grasa es la carretera donde viaja el sabor". El pan, casero y noble, no era esa cosa acartonada a la cual estamos acostumbrados tanto en el norte como en el centro de México gracias a mamá Walmart, era un pan de horno, casero, imperfecto y maravilloso.

Sigo en Palreal, escribo esto desde hace un par de horas mientras me despido de los empleados que me atendieron. Su turno terminó y veo cómo otros, igual de preparados que ellos, llegan a mantener esta máquina de perfección andando. Quizá Guadalajara no esté tan mal. Su gente es rara y la entiendo: crecer así de rápido te aplasta, y al ser aplastado, recordamos que sólo somos personas que cocinan y comen, personas que intentan (en el mejor de los casos) ofrecer una experiencia, sólo eso, una experiencia. El terrible Juan, Palreal y, estoy seguro, cientos de establecimientos en Guadalajara cumplen esto. Sé muy poco de muy pocas cosas, casi todo mi arsenal de opiniones está justificado desde cosas tan arbitrarias como la intuición, el sentimentalismo y la búsqueda del placer, pero son precisamente estas tres cosas las que un establecimiento debe tener en su ideario: intuición al construir experiencias, sentimentalismo al darlas al mundo, como Juan o Mateo, y resultados que den el suficiente placer como para olvidarnos un poquito, por lo menos un poquito, de todo.






Guadalajara, Jalisco.
1/12/18






Estás muy cerca

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 12:16 a. m.

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Tu nueva dirección está donde mis ojos apuntan.
Allí, tu hogar, se enraiza entre luciérnagas y espuma de mar.
Ceno temblando de frío; al mundo le sobra hambre y
a mí me faltan pulmones para respirar tu historia.
Los insectos que viven en el musgo de mis palabras
dicen tu nombre, y lo repiten cuando la visita quiere quedarse;
cuando el agua de la regadera me obliga a sentarme en el suelo;
lo gritan cuando amanece y el hombre de la basura sonríe
mirando por mi ventana.

Dios quiere existir; me lo escribe en la libreta que tengo en mi buró.
No sé estar solo: mis padres derramaron miel en mi cabeza el día
que cumpliste cuatro años. No lo sabían, lloraron tanto. Yo vi la nuca
de Dios doblarse hacia el frente cuando a los ocho años alguien te dijo
que el cielo es un espacio en blanco donde sólo puedes escuchar la risa
de tu abuela. Eras fuerte y de vidrio, una niña con el alma llena de duraznos.
En tu nueva casa me escuchas cantar cuando llego hinchado de esperanza.

Hace unos meses escribí sobre tu muerte en el asiento de un avión. Siempre
espero lo peor de las personas y eso me ha hecho cambiar mi ropa por
pieles de gente que en verdad está muerta. Era un poema que luego puse
en el congelador para ver si se convertía en un chocolate, pero no: estaba
tan dormido por el calor de mis hermanos. Estaba borracho y era predecible.
Quise comer al despertar, y tú te parabas de puntitas porque tanta basura,
tantas palmeras, tanta gente alta y engañosa no te dejan ver, no a mí
¿qué vas a ver de mí? la forma lenta en que como un strudel es porque
siempre me duele el estómago, esto ya lo sabes. No puedo comer.

A los 12 años escuchaste los gritos de mi padre pero tus hermanos
te convencieron de que era el sonido de una guerra, una que no es
y nunca será tuya. Después de eso poco sé, ya son figuraciones.
Pero ahora tu cabaña es mi plexo solar; cada que veas un pájaro,
no importa el color, recuerda que puedes matarlo y comerlo. Cada que
veas agua, úntala en tus cicatrices más bellas. Tu hogar está muy cerca del mío.
El humo de mi chimenea puede ser algo hermoso.




12:14 am
Chihuahua, México.

Tres poemas de Ocean Vuong

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 12:55 a. m.

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Algún día amaré a Ocean Vuong

Ocean, no temas.
El fin del camino es tan lejano
que ya está detrás nuestro.
No te preocupes. Tu padre sólo es tu padre
hasta que algo de ti lo olvide. Así como la espalda
olvida que alguna vez tuvo alas
sin importar cuantas veces nuestras rodillas
besaron el pavimento. ¿Estás
escuchando, Ocean? La parte más hermosa
de tu cuerpo es donde sea
que la sombra de tu madre caiga.
Aquí está el hogar de la infancia,
cercenada hasta ser un simple alambre rojo.
No te preocupes. Sólo llama al horizonte 
y nunca lo alcanzarás.
Aquí está el presente. Salta. Te juro
que no es un bote salvavidas. Aquí está el hombre
cuyos brazos son lo suficientemente grandes
como para detener tu partida. Y he aquí el momento,
justo después de que las luces se apaguen, cuando aún puedes ver
la débil antorcha que yace en su entrepierna.
La forma en que la usas una y otra vez
para encontrar tus propias manos.
Pediste una segunda oportunidad
y se te dio una boca para ser vaciada.
No tengas miedo, el tiroteo
no es otra cosa que el sonido de la gente
intentando vivir un poquito más. Ocean. Ocean,
levántate. La parte más hermosa de tu cuerpo
es aquella a donde se dirige. Y recuerda,
la soledad sigue siendo un rato que vives
con el mundo. Aquí está
la habitación que todos habitan.
Tus amigos muertos te
atraviesan como cuando el viento
hace sonar a las campanas. Aquí está la mesa
con la pata floja y un ladrillo
para enderezarla. Sí, aquí está una habitación
tan cálida y tan pequeña,
y te juro, despertarás:
creerás que estas paredes
son piel.



Sin título (azul, verde y marrón): óleo sobre tela. Mark Rothko: 1952

En la tele dijeron que los aviones se estrellaron en los edificios
y yo dije  cuando pediste que me quedara.
Tal vez rezamos de rodillas porque El Señor
sólo escucha cuando se está así de cerca
del demonio. Quiero decirte tantas cosas:
mi premio más grande fue el caminar
por el puente de Brooklyn y no pensar
en los aviones. Vivimos como el agua: tocando
una lengua nueva sin decir
todo lo que hemos pasado. Ellos dicen que el cielo es azul
pero yo sé que es negro cuando lo miras entre mucho aire.
Siempre recordarás lo que hacías
cuando duela mucho. Quiero decirte tantas cosas
pero sólo me he ganado una vida, y ya no tengo nada. Nada. Sólo
un par de dientes. La tele sigue diciendo los aviones...
los aviones... y yo sigo esperando en esta habitación
hecha de pájaros muertos. Sus alas vibran entre
los muros borrosos. Sólo tú estabas ahí.
Tú eras la ventana.



DetoNación

Hay un chiste que termina con un: ¿qué?
Es la bomba que dice aquí está tu padre.

He aquí tu padre
dentro de tus pulmones. Mira qué liviana

es la tierra después de todo.
Incluso luego de escribir la palabra padre

se siente como esculpir un fragmento del día
en una página iluminada por la explosión.

Hay demasiada luz como para ahogarse
pero no la suficiente como para que entre a los huesos

y permanezca. No te quedes aquí, mi niño
roto por el nombre de las flores. No sufras

más. Así que corrí hacia la noche.
La noche: mi sombra extendiéndose

hacia mi padre.












Ocean Vuong (Ciudad Ho Chi Minh, Vietnam. 1988). Es un poeta y ensayista nacionalizado estadounidense. Es autor de los libros "Burnings" (Sibling Rivalry Press 2010), "No" (YesYes Books 2013) y "Night sky with exit wounds" (Copper Canyon Press 2016).

Cataluña

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 4:45 a. m.

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Llegamos a una fiesta donde yo tenía otras expectativas.

Mi madre acaba de conseguir su cédula de adulto mayor.

No tengo cortinas en mi cuarto.

Estoy triste el 60% del tiempo.

Mis triglicéridos están dos veces más arriba de lo recomendado.

Ya no pienso en la gente que es importante para mí.

Disfruto mucho de estar acompañado pero

también encuentro placer en dormir solo.

Llegamos a una fiesta donde yo tenía otras expectativas.

Ella fumó mucha marihuana.

Mis amigos están llenos de miedo.

Mis amigos no buscan una salida políticamente correcta.

Desde que dejé de leer poesía comencé a escribir poesía.

Cataluña está hecha mierda.

El mundo tiene cáncer pero nadie se preocupa lo suficiente.

Estoy comiendo carne roja sólo una vez a la semana.

Intento darle orden a mi vida sin sentirme como un perdedor que lo ha echado todo a perder.

Mi jefe señala con un dedo blanco y transparente mis faltas de ortografía.

Mi madre llora cuando me ve ponerme un vestido color salmón.

Cataluña está hecha mierda.

 Mi padre apenas puede levantarse de la silla por el ácido úrico.

Creo que soy hermoso; mi torso está equilibrado y mi voz emociona a quienes no me conocen.

Creo que soy reemplazable; ella hundió su oreja en mi esternón y dijo las palabras correctas.

Moriré y mis amigos dormirán mal durante un par de semanas.

Cataluña está hecha mierda.

Ella dijo que fui un imbécil mientras arañaba mi panza sobre esta camisa que me puse queriendo ser guapo.

El mundo tiene cáncer y todos hacen chistes al respecto.

Extraño Venezuela; su amanecer que moja lo más soberbio de mis secretos.

Extraño a mi hermana; su voz aguda y tornasol, tan parecida a mis uñas cuando estoy furioso.

Extraño la universidad; ir y volver siempre con la misma careta de genio imbécil.

Ella dijo que fui un imbécil mientras besaba la parte más poblada de mi barba.

Cataluña está hecha mierda. Extraño El raval.

Alguien dice "gracias" en hindi y en mis manos un animal hermoso se materializa.

Llegamos a una fiesta donde yo tenía otras expectativas.

Mis amigos están llenos de amor.

Mis amigos están llenos de amor.



Cataluña está hecha mierda.

Ella me pregunta por Venezuela y España.

Mi casa siempre será el ladrido de un perro.







5 de noviembre del 2017
4:45 am.